Por Eva Sibila
Durante los cortes de ruta en los que miembros de distintas comunidades wichís mantenían aislado al departamento San Martín, escuché que un periodista afirmaba que el dirigente que lideraba la medida quería plata, que con 1.200 pesos lo arreglaban. “Qué raro”, pensé. Si fuera tan barata la cosa, esto no estaría sucediendo. Pero él seguía insistiendo en que eran vagos, borrachos, piqueteros, sucios y coimeros.
Más allá de los prejuicios, los registros oficiales marcan que en Salta más del 57% de los aborígenes padece hambre y no tiene acceso al agua potable. Cercados por los monocultivos de soja y maíz, a los wichís sólo les queda recolectar bolsones sociales y, por supuesto, la dependencia absoluta de los punteros políticos.
Esta política nefasta no hizo más que incrementar la indigencia y la muerte. La mortalidad infantil actualmente triplica la media de otras poblaciones en la provincia. Según los médicos y agentes sanitarios que tratan con estas poblaciones, los aborígenes son reticentes a asistir a los servicios de salud y, cuando lo hacen, la situación del enfermo es grave.
Una mirada más profunda

“Se trata de erradicar costumbres y de instaurar nuevos hábitos. Lo curioso es que demasiadas veces se desconocen cuáles son esas costumbres a erradicar, y se desechan sin conocer”, señala en su ensayo la especialista en Salud Pública. Siguiendo este análisis, se enumeran como componentes de la no salud factores como la falta de tierras, la discriminación, la pérdida del monte, la contaminación y la pérdida de las costumbres.
Las mujeres mayores de estas comunidades atribuyen los problemas sanitarios a la ausencia de los cuidados tradicionales que evitaban la enfermedad y que implicaban no consumir determinados alimentos, restringir esfuerzos, permanecer unida al esposo, evitar traslados, mantener al recién nacido en el rancho y evitar asustarlo, entre otros.
Si bien las estrategias del sistema de Atención Primaria de la Salud han logrado disminuir muchas enfermedades, la imposición de saberes generó otros problemas: “perdida la integridad de la cosmovisión, pasan a depender del Estado, que a través de sus instituciones no se cansa de considerarlos inferiores, convirtiéndolos en mendigos.”
Al modo de los conservadores
Aquellas mujeres patricias, madres y esposas de los hombres “esclarecidos” de la Patria, fueron quienes en las primeras décadas del 1800 fundaron las sociedades de beneficencia. No pedían igualdad de derechos: daban limosna. Las damas no querían perder sus privilegios, juntaban fondos para que a los pobres no les faltara polenta.
Hoy, como en aquel tiempo, la señora gorda que pedalea en su bicicleta fija se ofusca porque los piqueteros se están organizando en cooperativas y están accediendo al salario para sus hijos. Ella quiere más seguridad, quiere que los niños pobres estén presos y que los indios trabajen, que no sean vagos, que no pidan todo de arriba.
Al borde del colapso, la señora de clase media alta salió con la cacerola de teflón a repudiar a la Presidenta cuando impuso las retenciones a la soja, “porque a nadie le gusta que le metan la mano en el bolsillo”, y mucho menos para repartir la plata con los pobres, porque “ellos se la van a gastar en vino”.

No hay comentarios:
Publicar un comentario